Editorial | Escritores Rebeldes
Dos expresiones se han instalado en el debate político y cultural contemporáneo. Mientras algunos las relacionan con la defensa de derechos y la transformación social, otros las utilizan para cuestionar determinadas corrientes ideológicas. ¿De dónde vienen estos conceptos, cómo llegaron a América Latina y por qué la literatura, el arte, la educación y el lenguaje se han convertido en escenarios de confrontación?

Bogotá, 25de octubre de 2026.
Las palabras tienen historia. Nacen en determinados contextos, adquieren nuevos significados y, en ocasiones, terminan convertidas en instrumentos de confrontación. Algunas sirven para explicar realidades; otras, para identificarse con una causa o cuestionar las ideas de quienes piensan diferente.
En los últimos años, dos expresiones han adquirido especial protagonismo en el debate público: wokismo y batalla cultural. Ambas aparecen en discursos políticos, medios de comunicación, universidades, redes sociales y conversaciones cotidianas. Sin embargo, su utilización frecuente no significa que exista claridad sobre lo que representan.
¿Qué significa ser woke? ¿Existe realmente una ideología denominada wokismo? ¿Qué se disputa en una batalla cultural? ¿Y por qué estos términos, estrechamente asociados con debates estadounidenses, han adquirido relevancia en Colombia y América Latina?
Responder estas preguntas exige mirar más allá de las consignas.
Wokismo: de la conciencia social a la controversia política
La palabra inglesa woke proviene del verbo wake, despertar. Su utilización en el inglés afroestadounidense estuvo relacionada con la necesidad de mantenerse alerta frente al racismo, la discriminación y otras injusticias sociales.
Con el paso del tiempo, el término adquirió mayor visibilidad, especialmente en debates sobre derechos civiles, desigualdad racial y movimientos de reivindicación social.
Posteriormente, su significado se amplió hacia discusiones relacionadas con el género, la identidad, la representación de las minorías y las estructuras de poder.
Pero también ocurrió una transformación significativa: la palabra comenzó a utilizarse de manera crítica para identificar posturas consideradas excesivamente progresistas, moralizantes o restrictivas frente a opiniones diferentes.
De esta manera, woke pasó de ser una expresión asociada con la conciencia social a convertirse también en una etiqueta política.
Hoy, quienes reivindican determinadas causas sociales pueden entender el concepto como una invitación a reconocer injusticias históricas. Sus críticos, en cambio, suelen asociarlo con prácticas que consideran dogmáticas, con presiones sobre el lenguaje o con restricciones al debate público.
Conviene precisar que el wokismo no constituye una organización única ni una doctrina con principios universalmente aceptados. Es un término de significados cambiantes, cuyo sentido depende, en buena medida, de quién lo utiliza y con qué propósito.
Por eso, antes de aceptar o rechazar una afirmación sobre el wokismo, resulta necesario preguntar qué ideas, decisiones o comportamientos concretos se están cuestionando.
¿Qué es la batalla cultural?
Aunque las disputas por los valores y las ideas acompañan a las sociedades desde hace siglos, la expresión contemporánea guerras culturales adquirió especial reconocimiento a partir de los trabajos del sociólogo estadounidense James Davison Hunter.
En su libro Culture Wars: The Struggle to Define America, publicado en 1991, Hunter examinó las tensiones entre visiones morales y culturales que competían por definir aspectos fundamentales de la sociedad estadounidense.
Las controversias comprendían asuntos como la familia, la educación, la religión, los derechos individuales, las expresiones artísticas y el papel de las instituciones.
En términos generales, una batalla cultural puede entenderse como una disputa por la influencia sobre los valores, los símbolos, los relatos históricos y las ideas que orientan la vida colectiva.
No se desarrolla exclusivamente en los parlamentos ni durante las campañas electorales.
También aparece en los contenidos escolares, las películas, los libros, las exposiciones artísticas, los medios de comunicación y las plataformas digitales.
Una novela puede provocar controversia por su interpretación del pasado. Una película puede generar discusiones sobre la representación de determinados grupos sociales. Una decisión sobre el lenguaje institucional puede enfrentar distintas concepciones acerca de la igualdad, la tradición y la libertad de expresión.
En todos estos casos, la discusión supera el contenido inmediato de una obra o una decisión: alcanza las ideas sobre la sociedad que sus participantes consideran deseable.
Colombia: una discusión con antecedentes propios
En Colombia, las controversias sobre valores, religión, derechos, educación e identidad no comenzaron con la aparición de la palabra wokismo.
El país tiene una larga historia de enfrentamientos ideológicos en torno a la relación entre el Estado y la religión, la enseñanza, las libertades individuales y el reconocimiento de distintos sectores sociales.
Un episodio significativo se presentó durante el debate sobre el acuerdo de paz de 2016.
En aquel momento, la inclusión del enfoque de género en el acuerdo fue objeto de controversia. Diversos sectores políticos y religiosos cuestionaron lo que denominaron ideología de género, mientras otros defendieron la necesidad de reconocer los efectos diferenciados del conflicto armado sobre las mujeres y las poblaciones históricamente discriminadas.
Investigaciones académicas posteriores han estudiado cómo aquella controversia se articuló con la campaña del plebiscito y con preocupaciones sociales más amplias.
Este antecedente permite comprender que las disputas culturales colombianas no pueden explicarse únicamente mediante categorías importadas de otros países.
También responden a procesos históricos, religiosos, políticos y sociales propios.
Más recientemente, el término wokismo ha adquirido presencia explícita en el discurso gubernamental colombiano.
En octubre de 2026, el presidente Abelardo de la Espriella planteó públicamente una confrontación con lo que denomina wokismo, en el marco de una propuesta de transformación de la política cultural. Sus declaraciones incluyeron cuestionamientos al lenguaje inclusivo y referencias a la recuperación de determinados valores y tradiciones.
Estas posiciones han generado nuevas discusiones sobre la función del Estado en la cultura, la autonomía de las instituciones, el pluralismo y la libertad artística.
Para comprenderlas es necesario diferenciar tres planos: las declaraciones políticas de sus protagonistas, las decisiones institucionales que puedan derivarse de ellas y las normas constitucionales que protegen los derechos culturales.
La existencia de un debate político no significa, por sí misma, que todas las interpretaciones de sus participantes sean equivalentes ni que una determinada propuesta haya sido adoptada como política pública.
América Latina: debates globales, realidades diferentes
En América Latina, la expresión batalla cultural ha adquirido visibilidad en discursos de diferentes actores políticos.
Uno de los ejemplos más conocidos es Argentina, donde el presidente Javier Milei ha utilizado abiertamente ese concepto para referirse a la disputa por las ideas que, según su planteamiento, deben acompañar y sostener las transformaciones políticas y económicas que promueve.
Desde otras posiciones, movimientos feministas, organizaciones de derechos humanos, colectivos culturales y sectores progresistas han impulsado debates sobre igualdad, memoria histórica, discriminación y reconocimiento social.
Estas corrientes no constituyen un bloque homogéneo. Tampoco todas se identifican con el término woke.
Las discusiones adquieren características diferentes en cada país.
En Argentina, por ejemplo, las controversias sobre políticas de género, educación y memoria se desarrollan dentro de una historia particular de movilización social.
En Brasil, las relaciones entre religión, política, educación y derechos individuales han ocupado un lugar importante en el debate público.
En Colombia, las tensiones también se relacionan con el conflicto armado, la diversidad cultural, la desigualdad y las disputas sobre el papel de las instituciones.
Reducir todos estos procesos a una confrontación entre wokismo y antiwokismo puede simplificar realidades mucho más complejas.
Literatura, cine y arte: territorios de discusión
Para una revista cultural como Escritores Rebeldes, uno de los aspectos más relevantes de este fenómeno es su influencia sobre la creación artística.
La literatura ha sido históricamente un espacio de cuestionamiento. Los escritores han explorado asuntos que incomodan a las sociedades: la religión, la sexualidad, la violencia, las relaciones de poder, las injusticias y las contradicciones humanas.
En la actualidad, algunas controversias culturales se concentran en preguntas como estas:
¿Deben revisarse las obras clásicas que contienen expresiones consideradas discriminatorias? ¿Es legítimo cuestionar la representación de determinados grupos en una película? ¿Dónde termina la crítica cultural y dónde comienza la censura? ¿Cómo conciliar la libertad de creación con el derecho de las personas a expresar su desacuerdo?
Las respuestas no son uniformes.
Algunos defienden la revisión crítica de las obras como una manera de comprender sus contextos históricos y reconocer perspectivas anteriormente excluidas.
Otros advierten que ciertas exigencias pueden derivar en autocensura, empobrecimiento artístico o interpretaciones del pasado que desconocen las circunstancias en que fueron creadas las obras.
También existen posiciones intermedias: aquellas que consideran posible contextualizar una creación sin modificarla, debatir sus contenidos sin prohibirla y ampliar la representación cultural sin imponer una única visión estética.
La crítica, el desacuerdo y la controversia forman parte de la vida cultural. Pero no son necesariamente equivalentes a la censura.
Distinguir entre cuestionar una obra, decidir no consumirla, restringir su circulación o impedir legalmente su expresión resulta indispensable para discutir estos asuntos con precisión.
Las redes sociales y la simplificación de las ideas
Las plataformas digitales han contribuido a acelerar la circulación de estas expresiones.
Una declaración, una escena cinematográfica o una decisión editorial pueden convertirse en motivo de confrontación en cuestión de horas.
Los mensajes breves, las etiquetas y los contenidos diseñados para provocar reacciones favorecen, en ocasiones, interpretaciones que prescinden de los matices.
Así, conceptos complejos terminan reducidos a palabras utilizadas para identificar adversarios.
El riesgo aparece cuando las etiquetas sustituyen los argumentos.
Llamar woke a una persona no explica necesariamente cuáles de sus planteamientos se consideran equivocados. Del mismo modo, calificar una crítica como intolerante o reaccionaria no demuestra, por sí solo, que carezca de fundamento.
Una discusión pública de calidad exige algo más que identificar bandos: requiere examinar afirmaciones, contrastar evidencias y reconocer diferencias entre las posiciones que suelen agruparse bajo una misma denominación.
El papel de un medio cultural independiente
En Escritores Rebeldes consideramos que la cultura debe ser un espacio abierto al conocimiento, la creación y el intercambio de ideas.
Por ello, abordar el wokismo y la batalla cultural no significa asumir una posición a favor o en contra de quienes utilizan estos conceptos.
Significa reconocer que forman parte del lenguaje contemporáneo y que comprenderlos ayuda a interpretar las discusiones que atraviesan nuestras sociedades.
La independencia editorial no exige ignorar las controversias ni evitar las preguntas difíciles.
Exige distinguir los hechos de las opiniones, ofrecer contexto, verificar las afirmaciones y permitir que diferentes argumentos puedan ser examinados críticamente.
También implica reconocer que la neutralidad frente a una disputa política no supone renunciar al rigor informativo ni presentar como hechos comprobados afirmaciones que todavía requieren evidencia.
La literatura, el periodismo y las artes pueden contribuir a ese ejercicio: ampliar las preguntas, recuperar la complejidad y recordar que ninguna sociedad se comprende plenamente desde una sola perspectiva.
Más allá de las etiquetas
El wokismo y la batalla cultural son expresiones que permiten aproximarse a determinadas tensiones contemporáneas, pero no explican por sí solas la diversidad de conflictos, aspiraciones y transformaciones de Colombia y América Latina.
Detrás de esas palabras existen debates reales sobre derechos, tradiciones, identidades, instituciones, libertad y convivencia.
Algunos son antiguos. Otros han adquirido nuevas formas con la globalización y las tecnologías digitales.
Comprenderlos requiere conocer sus antecedentes, escuchar sus distintas interpretaciones y evitar que el desacuerdo se convierta automáticamente en descalificación.
Porque una sociedad no fortalece su cultura cuando todos piensan igual, sino cuando sus integrantes cuentan con las herramientas necesarias para comprender, cuestionar y debatir las ideas que circulan en ella.
La tarea del periodismo cultural no es decirles a los lectores qué deben pensar, sino ofrecerles elementos para que puedan pensar por sí mismos.
Y tú, ¿consideras que la llamada batalla cultural está enriqueciendo el debate de las ideas en Colombia y América Latina, o está profundizando las divisiones entre quienes piensan diferente?

Equipo Escritores Rebeldes
